jueves, 7 de mayo de 2015

El reto de los bienpensantes

Lo más importante de todo es la belleza, siempre la belleza. El arte y el éter son la clave de una vida decente y la única forma de soportar la vulgaridad de este plano de la realidad. No es bueno el cientificismo, ¡¡no deben explicarse las cosas de un modo analítico porque es lo peor!! Los putos obreros que se esfuerzan por un azar, los labriegos villanescos y los mercaderes gordechos… nada de eso es bueno para quien desea el éter; pero la civilización actual, basada en culturas tan decadentes como la griega y la hebrea (que son las más horribles de la antigüedad), pone a la cabeza a los que se arrepienten, a los que se sacrifican, a los que abandonan la belleza para sumirse en el utilitarismo. Y la utilidad no es mala per se, el problema es que no está hecha para dirigir; está hecha para sostener. Nunca un utilitario debería estar en otro lugar que en la base, en lo más bajo de la civilización. Cada uno que se ocupe de lo suyo; los artistas de la belleza, los utilitarios de la economía, los soldados de pelear y los jefes de dirigir.

El caso de la belleza, que es la única cosa que a mí me importa y en lo único que creo y lo único que deseo (la cual engloba por supuesto mi inteligencia, mi imaginación, mi talento creador, mi delgadez y todo lo que soy yo), lo que me entusiasma y lo que me hace bien; para vivir en el éter de manera absoluta y hasta mi muerte (y luego ya veremos qué pasa) tenemos el arte. Con el arte puede crearse belleza, pero también ser la belleza. Hay arte creador de belleza en la construcción de figuras de madera, esculpir el mármol, modelar, pintar cuadros bonitos y la fotografía; y se puede ser belleza gracias al canto y el teatro, por ejemplo. Mi amor no es para la escritura o el teatro, es para la belleza; es para el éter puro y cada técnica para crear y ser belleza es buena. Y si todos hicieran lo que les corresponde, la civilización funcionaría como es debido y todos se sentirían en estado de maravilla extrema. He ahí.