jueves, 31 de octubre de 2013

Tema de las responsabilidades literarias, volumen 2

Henos aquí de nuevo en literatúricas disquisiciones... conmigo mismo (que por otro lado soy mi mejor discutidor, así que no me quejaré por ello).

Tras volver de mi retiro pude desarrollar un poco más lo que creo que podrían ser los tres motores de mí mismo para materializar unas buenas historias. Ahora lo veo todo un poco incierto, quizá sea demasiada mecánica puesta en un carburador que funciona con pura intuición, pero es mi desesperación tal que necesito probar lo que sea para conseguir mi objetivo: escribir mucho, de calidad y sin cansarme.

Es responsabilidad de todo literato no dejarse atrapar por el ogro de la industria comercial. Cada autor tiene el deber de ser único, como esa persona quiere, y plasmar ese único ser suyo en su obra, lo cual hace posible que los que lo lean puedan soñar con un mundo ideal y, con el tiempo, hacerlo realidad. Así a bote pronto. Esto nos lleva también a que un autor es responsable de su obra, aunque no del efecto de su obra. Quiero decir que no se trata de escribir al chou, sino que la obra es el legado, como ya dije por ahí en lo alto, de su autor. Por eso me parece que un escritor tiene los papeles de actor y director de su propia obra. El editor sería algo así como el ayudante de dirección o más bien como el productor.

Para el caso, escribir no consiste en poner una palabra detrás de otra hilando frases con más o menos sentido. Tampoco es una disciplina científica, como se piensan muchos jueces de concursos literarios de la universidad. Escribir es un arte y además es un arte único. Cada escritor tiene su propia manera de escribir y eso no quiere decir solamente que unos usen unas palabras y otros otras. Se trata de la forma de acercarse a la escritura... o algo así. Creo que existen para ello tres campos básicos que hay que desarrollar, los cuales se complementan mútuamente: ellos son la inspiración, el craft y la forma física.

La inspiración es el más complicado, así que vamos a empezar al revés, primero con la forma física. Esto se basa en el principio de que una mente sana es aquélla que se encuentra en un cuerpo en buena forma. Y sé que por mi experiencia esto es así, cuanto más se apalanque uno, más le cuesta hacer algo activo... y los procesos de creación son jodidamente activos. Por lo tanto, ejercitar el cuerpo es importante. Para este punto me sirve mucho el training de actor basado, more or less, en katas. Claro que una kata literaria puede ser simplemente un paseo por el bosque, algo con lo que el cuerpo trabaje pero la mente quede libre. De hecho, como una kata de artes marciales.

El craft es ciertamente jodido. Le estoy llamando craft a la técnica escrituril y estilosa que, sin lugar a dudas, es algo que se debe entrenar hasta adquirir una técnica maestra. Una vez dominado el craft, tienes las armas necesarias para dar caña a cien mil batallones. Esto no es algo cienciológico, ojo, sino artesano (por eso le llamo craft). Mi craft deberá servir para ilustrar sin describir, la clase de literatura que yo deseo es aquélla que nunca pueda ser explicada por otros medios salvo los literarios. Quiero hacer imágenes oníricas imposibles de plasmar en una película o un comic, haciendo que leer libros tenga verdadero sentido. Para ello tengo a mi disposición historias inmejorables, ya que descienden de los más oscuros agujeros de mi imaginación, totalmente libres de imposiciones de género. Cualquier historia mía, gracias a este craft, debería poder escribirla como si fuese un sueño poético donde, al mismo tiempo, sucede un argumento. ¿Alguna vez has visto una obra de Tercer Teatro? Pues a eso me refiero.

Y para acabar la inspiración, en lo primero que uno piensa y a la vez lo más imposible de delimitar. ¿De qué pollas hablo cuando hablo de inspiración? Murakami podría escribir una secuela sobre eso. La cosa tiene telilla, porque la inspiración es el alfa y el omega de la escritura. Para mí, o al menos lo que yo aquí quiero decir con inspiración, es el deseo, la obsesión y los motivos íntimos e irracionales que llevan a uno a... no querer escribir una historia; sino a no poder hacer otra cosa que escribir una historia. Es entusiasmo también, pero no el entusiasmo social y superficial que nubla la mente de un cirujano cuando tiene que extirparle un cáncer a su hija... es el entusiasmo de ese mismo cirujano cuando debe extirpar un cáncer de cualquier otro paciente, porque el fuego que anima a ese cirujano es extirpar cánceres, se ha dedicado toda su vida a ser el que cánceres más grandes y difíciles pueda extirpar y eso es lo que lo motiva a levantarse cada mañana y seguir mejorando como cirujano. De ese entusiasmo hablo, el fuego que da vida al espíritu. El mismo fuego que Raúl Iaiza dice que necesito para mis ejercicios de voz... metafóricamente.


El caso es que un literato es responsable de elaborar su propio estilo, que si bien cuando nace es más o menos poderoso, el objetivo es hacerlo invencible. Porque la literatura, el hacer historias, el proceso de ponerse a escribir en el aquí-y-ahora es una batalla y estás tú solo contra el multiverso. Puede salir bien cuando las ambiciones no son muchas y aún eres joven. Pero según peleas más y más, las batallas se harán más duras. Y llegará un momento en que, confiado como estás por tu talento sin par, aparecerá el guerrero más fuerte de todos a darte caza y en un descuido podrías palmarla. Es por ello que el literato entrena, para tener en cada batalla la máxima posibilidad de sobrevivir.